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miércoles, 22 de enero de 2014

A desmontar el mito, la necesaria devaluación de nuestra moneda

Un articulo como este merece comenzar con una sencilla pero absoluta verdad, que parece ser un tabú no solo para la clase política venezolana, sino para todo el país: Venezuela necesita devaluar su moneda, y es urgente. Puede sonar extraño que lo diga cuando hace escasas horas el llamado "Vicepresidente del Área Económica" acaba de hacer eso mismo intentando, eso sí, disfrazarlo con toda clase de apodos y subterfugios lingüísticos, pero lo hecho hoy es nada en comparación a lo que este país debe asumir.

Lo que vimos al mediodía fue como un Ministro de Petróleo, e irónicamente no el de Economía que estaba a su lado, intentaba explicarle al "pueblo" el nuevo sistema cambiario rehuyendo de la palabra devaluación, solo para ser desmentido horas después por medio país que clamaba, y de manera correcta, que sí había habido una devaluación solo que "encubierta". Sin embargo, todo el debate ignoraba la gran falla de los anuncios económicos pues unos por ignorancia y otros por populismo no se atrevían a asumir y defender que las medidas no pecaban de insuficientes por la devaluación, sino más bien por la no completa aplicación de esta.

Resulta fácil, y sé que muchos lo harán, defender esa postura. Partiendo de puntos como que la devaluación es impopular, o que nos hace más pobres, nuestra clase política ha justificado mantener un tipo de cambio que ha desangrado de nuestro estado miles de millones de dólares subsidiados para todos los que viajamos, importamos o estudiamos afuera. Y no es que no tengan razón varios de esos argumentos, principalmente el que nos volvemos más pobres con cada devaluación, pero es ahí precisamente donde se encuentra el punto principal de este debate: desde hace 30 años somos pobres en términos reales, solo que nos las hemos arreglado para disfrazarlo.

Aquí entra la pregunta clásica ¿Cómo podemos ser pobres con una empresa como PDVSA, que es la segunda compañía más grande de América Latina con ingresos netos de 125.000 millones de dólares anuales y que aporta al fisco al menos 40.000 millones de dólares cada año? Pues muy sencillo señores: porque una sola empresa de unos 50.000 empleados (solo cuento a los productivos) no puede mantener a TODO un país. Desde que nacionalizáramos la industria petrolera, hace ya casi 40 años, hemos supuesto que lo que produce esa PDVSA es de todos los Venezolanos, y nos exonera de muchas de las responsabilidades que ciudadanos de otros países deben cumplir para mantenerse.

Basta un ejemplo sencillo para demostrarlo, y para ello nos devolvemos justamente a 1975, cuando con la política de pleno empleo el gobierno de Carlos Andrés Pérez decreta que debía haber "ascensoristas" en todos los ministerios para cada ascensor que recibirían un sueldo mínimo. Con el respeto que merecen todos los que ejercen ese oficio, pero ¿es tanta la productividad de un ascensorista como para merecer ser pagado por ello? o mejor dicho ¿su trabajo produce siquiera algún servicio o bien transable? Obviamente no, y fueron políticas como estas las que causaron que el periodo 1975-1985 la productividad media por venezolano decreciera de manera continua, mientras que la del resto de América Latina aumentaba o, en algunos casos, se duplicaba.

Sin embargo, con 10 millones de habitantes y una PDVSA que en términos reales producía prácticamente lo mismo que hoy en día, era posible sustentar ese sistema que no solo generaba empleos improductivos y falsos, sino que financiaba nuestros viajes por el mundo a costa de que somos "un país rico". Treinta años después no solo nos hemos estancado, sino que con tres veces más población vemos como esos 40.000 millones de dólares que PDVSA le entrega al fisco se diluyen en casi nada para todas las necesidades que tiene el país.

Una última comparación puede resultar útil para entender lo grave de la realidad que nosotros mismos hemos construido. Tomemos las exportaciones no petroleras de Venezuela, que apenas son el 5% del total representando unos míseros 5.000 millones de dólares (2013), y comparémoslas con el país más pobre de América del Sur, Bolivia. Resulta que todo lo que exportamos los treinta millones de venezolanos que no trabajamos en la industria petrolera representa apenas el 50%, ósea la mitad, de lo que producen las diez millones de personas más pobres de nuestro subcontinente. Esa es la magnitud de nuestra pobreza real, de nuestra improductividad como individuos y sociedad rentista que se cree rica solo por haber tenido la suerte de caer sobre las reservas de petróleo más grandes del planeta.

Esa realidad, tan impactante y a la vez tan ignorada, debe hacernos entender de una vez por todas una verdad que hemos querido ignorar: somos un país y una sociedad profundamente pobre e improductiva. Asumir tal premisa resulta horrible, y hasta deprimente, pero será solo cuando la enfrentemos con seriedad y responsabilidad que podremos entender los enormes sacrificios que debemos asumir para sacar este país adelante y construir bases verdaderamente solidas para ser ricos. De no tener la valentía y el coraje para hacerlo no solo no creceremos, sino que con cada venezolano que nazca seremos más pobres y terminaremos por acabar con nuestra querida PDVSA, pues esta se ahogará cargando el peso de todos los que decimos amarla pero que a la hora de la verdad la sacrificamos para mantener nuestro dólar viajero barato o poder comprar el ultimo celular que salió al mercado.

Ciertamente hay mucho, pero mucho por hacer, para lograr enfrentar esto. Sin embargo debemos comenzar a hacerlo ya, y lo primero que debemos proponernos es asumir los costos de la irresponsabilidad con la que hemos llevado la economía los últimos 30 años. Esto pasa por desmontar esa ridícula idea de que debemos mantener a toda costa el dólar barato, pues nuestra productividad no justifica tal lujo, y es PDVSA la que termina endeudándose con el fisco y a nivel internacional para pagarlo. Evidentemente, tal medida nos hará mucho más pobres en términos de poder adquisitivo externo en el corto y mediano plazo, pero permitirá una representación más real de la productividad de nuestra economía y el desarrollo de empleos que vayan más allá de marcar un botón de ascensor, transformando eso en un obrero de planta que arma el chasis de un vehículo para exportar, permitiéndonos aumentar nuestra riqueza en términos reales y sustentables.

Resulta claro que una tasa de cambio real por sí sola no nos permitirá salir de la crisis del estancamiento, pues sin confianza e incentivos para nuestros empresarios veremos una continua depreciación por el temor a una expropiación o a una torpe política macroeconómica. Pero mientras nuestros políticos, en especial la oposición, no tengan la valentía y la moral de empezar a desmotar esos principios que ellos mismos saben errados, pero que por popularidad no se atreven a atacar, no podremos dar siquiera el primer paso.


Llegó la hora de hacer el verdadero sacrificio, ese que nos permitirá ver al pasado cuando seamos viejos y decir con orgullo que nuestra generación fue tan valiente como llevar a nuestra hermosa Venezuela al futuro que se merece. Como diría un ex-presidente llanero: a ponerse alpargatas, que lo que viene es joropo…


jueves, 28 de noviembre de 2013

Hablemos de especulación...

Desde hace un par de semanas, cuando Nicolás Maduro le declaró la “guerra” a los especuladores, el país se ha sumergido en un debate teórico-económico sobre los llamados precios justos y el modelo económico que actualmente define a nuestra economía. Increíblemente, en principio podría pensarse que Nicolás tiene razón en su batalla, pues la Constitución Nacional en su artículo 114 prohíbe expresamente el ilícito económico, la especulación, el acaparamiento y la usura, entre otras.

Como todo lo relacionado a la economía, la “guerra económica” es mucho más compleja de lo que algunos quieren hacer ver. Lo primero es que la especulación si es un mal en sí misma, y no puede ni debe ser justificada o defendida bajo ningún concepto en una economía sana o competitiva. Ahora bien, sabiendo esto cabe preguntarnos ¿Podemos definir el sistema económico venezolano como algo sano o competitivo? Viendo no solo las cifras, sino la realidad del día a día, resulta evidente que no.

En este punto se vuelve importante volver a revisar la constitución nacional, esta vez en su Título VI que define el sistema socioeconómico de la República, enfocándonos específicamente el artículo 299 que fundamenta nuestro régimen económico en torno a la libre competencia, eficiencia, productividad y justicia social, entre otros. Al contrastar esto con nuestra realidad, vemos que prácticamente ninguno de estos fundamentos es impulsado, o siquiera garantizado, por el estado venezolano.

No es casualidad que la constitución maneje ambos conceptos (especulación y libre competencia) de la manera en que lo hace, pues cuando esta se escribió en 1999 los constituyentes plantearon para Venezuela una economía abierta, competitiva y basada en la iniciativa privada, si bien el estado habría de mantener un rol fundamental como regulador, rector e incluso participante en sectores definidos como estratégicos.

He aquí, entonces, una contradicción clara ¿El presidente de la República está haciendo cumplir la constitución con su ofensiva económica pero, al mismo tiempo la está incumpliendo el mismo con las medidas que toma? Pues sí, y al hacerlo mutila el sistema económico planteado por la carta magna, con lo genera las condiciones para que esa misma especulación que dice combatir no solo exista, sino que sea generalizada.

Ese es el punto fundamental de esta guerra económica, pues más allá de toda la discursiva del gobierno nacional cada vez que intervienen una tienda de ropa o de instrumentos musicales, son las contradicciones en el manejo económico, fiscal y monetario del gabinete chavista las que han creado las distorsiones, distribuciones discrecionales y los grupos corruptos que dañan seriamente todo el proceso económico en la Venezuela “socialista” del siglo XXI.

Con ese desalentador panorama es fácil caer en el pesimismo de que “no hay nada más por hacer”, falso. Preguntémonos porque en economías tan abiertas como Singapur, Japón y el mismo Imperio a ningún comerciante se le ocurre especular, o tener un margen de ganancia que pase del 15%. La razón, sencilla: el que lo intente sucumbirá no ante uno o dos, sino ante diez o quince competidores que desean expandir su cuota de mercado, perdiendo toda su inversión y debiendo responder a acreedores, socios y demás.

Esta es la belleza de la economía, no necesita de medidas heroicas ni grandes batallas para funcionar, sino de algo tan sencillo e inherente al ser humano como la necesidad de satisfacer sus propias necesidades, ya sea como el productor que desea vender o el comprador que siempre premiara a aquel que le dé mejor relación precio-calidad.

Será en el momento que entendamos eso como sociedad, y dejemos los criterios simplistas y las gestas de lado al analizar la economía, cuando podremos construir un sistema que más allá de garantizar una simple estabilidad de precios logre su verdadero fin: asegurar la satisfacción plena de todas las necesidades que podamos tener no solo como individuos, sino como sociedad y como país, llevándonos así de una vez por todas a la paz económica…